Resiliencia en el aula, un camino posible
Capítulo de referencia

INTRODUCCIÓN.

La escuela, junto con la familia, es la institución social que contribuye a conformar la identidad, en lo personal y en lo social. A través del conocimiento de los contenidos culturales creados por el hombre, el individuo logra la tan importante “identificación” con el medio en el que vive y desarrolla esa dimensión que lo distingue como ser social. Sin la sociedad el hombre no sería. En este proceso de socialización el individuo hace suyos no solamente las realizaciones culturales de la comunidad en la que vive. Sino que también incorpora los valores que ella sostiene como los más importantes, los que permiten definir su visión del mundo. Esta escala de valores permite a sus integrantes jerarquizar en sus propias vidas con una ética y una moral, el intercambio y la dialéctica que establece con la realidad para poder vivir plenamente, íntegramente adaptado a un grupo de pertenencia: una comunidad, una provincia, un país, en definitivamente un mundo humano. Y en esa tarea de articular y de adoptar esos valores, esa cultura que toma forma de idiomas, costumbres, ideas de mundo, tradiciones, música y todas las áreas de la cultura, las instituciones básicas son la familia y la escuela. Trasmisoras fundamentales de todos esos contenidos.

En la Argentina, históricamente, siempre se tuvo una fuerte identificación con la escuela y sus docentes. Por una sumatoria de factores, que no cabe desarrollar en esta obra, la relación docente comunidad fue perdiendo fuerza en muchos casos. Las políticas educativas no han podido sobrellevar las sucesivas crisis para “fortalecer” el sistema educativo con medidas certeras, a sus docentes con una sólida formación, a los alumnos con actitudes protectoras y a sus familias para desarrollar con ellas ese sentimiento de pertenencia a los que hacíamos mención.

Ante esta realidad, algunos, quizás, se sientan impotentes, inhabilitados para cambiar la realidad, modificarla, modularla para mejorarla. La impotencia es la contracara del concepto que es el eje de este libro. Es el sentimiento inmovilizante del “no-poder”. Es la negación de la posibilidad, del potencial, de la esperanza, propias del futuro, del porvenir, justamente por eso, porque está por venir. La “semilla” es la metáfora de esa dialéctica filosófica del acto y de la potencia: puede producir una planta en potencia (futuro), pero en acto (presente) es sólo una semilla. El saberse potencialmente distinto, el saberse dueño de una potencia capaz de generar un cambio posible y positivo, da una fuerza increíble que hace real y concretas todas las ideas que están en ese campo ideal, al que pertenecen los ideales, los sueños, las utopías pero principalmente la confianza en los valores elegidos y el compromiso con ellos que toma forma en las actitudes y en las acciones que ellos imponen.

Entonces, se inicia la búsqueda de camino válido para generar en todos los actores de la educación, la seguridad de que con lo que se haga se puede modificar la realidad, el mundo, el futuro. Sin esa seguridad, sin esa certeza, el “para qué” de la educación no tiene sentido. Justamente el sentido que se le dan a las conductas es el que las hace interesantes, atrapantes y genera el compromiso y la consecuencia con ellas.

Si se cree que el trabajo de educar no tiene sentido, que no puede modificar nada, que no cambia lo profundo, aparecen ejércitos de personas que todos los días van a un lugar sin significación, sin símbolos o ceremonias que dan pertenencia, a dar instrucciones a otros seres que pertenecen a otro mundo distinto y a los que no se les dejarán ni huellas. No habrá interés ni siquiera en la mera tarea intelectual de la transmisión de conocimientos. Sólo se va detrás de un pago mensual sin sentido previo ni posterior, donde la vocación se convierte en un recuerdo.

Por eso, enseguida, sin pérdida de tiempo, definiremos a la Resiliencia y a todos los núcleos conceptuales que la integran, analizándolos para transformarlos en estrategias didácticas, en experiencias áulicas, que construidas y trabajadas por docentes, con una modalidad de taller permitan considerarla como un camino posible en la escuela. Así, ese “saber que se puede” no nos presenta un futuro ideal, feliz y optimista, sino un panorama esperanzador en el que podemos ser protagonistas de un cambio positivo.



 
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